IN MEMORIAN DE LA ABUELA

 

 

  Por:  JAVIER BASTIDAS HIDALGO   “El Pantojita”

 Hijo de: Olmedo Bastidas y Rosa Aurina Hidalgo Pantoja

 Al buscar la sintonía con nuestra propia historia y referirme así sea brevemente a la abuela Mercedes, inevitablemente  me lleno de nostalgia, pues solo conservo  de ella los mejores recuerdos de su prolija vida, en especial los vividos en mi infancia, Dios la tenga en su gloria y desde el Cielo nos siga iluminando como lo hizo en vida.

Solo el paso de los años y las acciones hablan de las personas, mas existen personajes que traspasan la barrera del tiempo, ya sea por sus logros, ya sea por su personalidad, o por un conjunto de cualidades y calidades que los hacen irrepetibles y siempre recordados, y en este rango se encuentra  la abuela MERCEDES,  hija de ROSENDO PANTOJA y de DOMITILA CASTRO, a quien  añoramos con respeto y cariño.

 

Tenia una deuda conmigo mismo, al tardarme en  escribir un justo reconocimiento  para referirme a mi abuela materna, pues  ha sido su apellido  el que me ha marcado para la vida.

Mujeres como ella muy pocas, la sabiduría que fue acumulando a través del tiempo sirvió para pulir su fina sensibilidad hacia las cosas cotidianas y su interminable fuente de consejos, extraídos de sus vivencias,  todas las cuales escuchábamos atentamente quienes tuvimos el privilegio de compartir algún momento de nuestras vidas,   con tan especial mujer.

Mujer nacida a finales del siglo XIX y que para nuestra fortuna alcanzó a ser  centenaria,  fue testigo excepcional de varios episodios históricos de nuestra región, de los que extractó siempre enseñanzas para poderlas trasmitir a las generaciones venideras, propósito que cumplió fielmente hasta el último de sus días.

“La vida  de los muertos esta en la memoria de los vivos”  decía Cicerón, son incontables e interminables las anécdotas y momentos especiales que se podrían relatar sobre tan especial mujer, lo que sin duda se convierte en un ejercicio del cual  disfrutamos  todos; es por eso que los estoy invitando de corazón a que hagamos los comentarios sobre la vida de MERCEDES PANTOJA CASTRO y nos involucremos en esa intensa aventura de recordarla por siempre.   

Todos quienes somos parte de la historia de “nuestra abuela” debemos recordar siempre lo mejor de ella y honrarla, pues no son pocos sus aportes destacables y que nos sirven y servirán como ejemplo de vida.

Entre memorias y olvidos la impresión viva de  mi niñez  la constituye la figura de la abuela, toda una Matrona y un modelo de autoridad no solo para sus hijos, hijas y nietos, sino para los Hidalgos y parientes en general.

Recuerdo que su rango y don de mando estaba por encima de todos, así como su  capacidad de decisión. La recuerdo vestida de follón largo, con pañolón café y sus cabellos peinados en trenzas, con su cicatriz encima de su ojo izquierdo, como secuela de un cáncer que la comenzó a agobiar desde sus 50 años, enfermedad que jamás la disminuyó u opacó, antes por el contrario afrontó con valentía y la tomó como acicate para ser cada día mas fuerte, mas enérgica, mas vital y poder brindar lo mejor de ella en todas sus actividades, que por cierto no eran pocas, y de las que fui testigo presencial desde mi primera infancia, es así como a la edad de 6 años, recuerdo que sus decisiones eran ejecutadas sin que nadie hiciera la menor objeción, pues el respeto a sus decisiones se hizo una tradición inquebrantable; es por eso que ahora entiendo el verdadero valor de que en una familia como la nuestra, los cimientos sean tan sólidos y que tal circunstancia nos ayude a afrontar las dificultades con verdadera valentía y en el mas riguroso sentido de solidaridad.  

La abuela repartía oficios entre todos, era la primera en levantarse, puntual y apresurada para  encender el fogón de leña, actividad que ella constituyó en todo un arte pues recuerdo bien que para ello requería solo de un fósforo. Su principal y abnegada tarea era la de preparar los variados alimentos de cada día con el propósito de sustentar nuestras vidas; a propósito hay una cosa que todavía no me explico, y es que los mejores huevos fritos que he comido en mi vida son los que se hicieron  en las cacerolas de la abuela. Me saboreo aún recordando  tan exquisitos platos, como el plátano majado con concho, las “pistolas” como ella las llamaba, la badea con granizado y aguardiente ( Todo un señor cóctel),  el champús, el pan de leche, así como otros muchos platos a los que les ponía su toque especial e irrepetible muchos de ellos sazonados con un condimento muy particular como era la  piedra de sal disuelta en una taza de agua. Del café tostado en su “callana “ de barro.  

En la época del  Pasto viejo,  en  la  época de los “biombos” que se colocaban a la entrada de las habitaciones alquiladas y en que se alquilaban bicicletas y revistas viejas, la casa de la abuela estaba ubicada en el barrio el Ejido, uno de los  Barrios mas antiguos  y tradicionales de esta pintoresca capital de Nariño,  la  distinguida  con el  No 2-25, comprada  por  ella sin mas  tapujos,  a su gusto y agrado; recuerdo su tradicional  anécdota de cuando la  fue a “rodiar”,  ( mirarla)  cuando el arrendador  de la casa, le decía “gustar nos gusta, pero que hacemos”, “ pero no sabia que la vieja llevaba la plata debajo del brazo”, como ella mismo lo decía.

En esta casa siempre ocurrieron cosas fantásticas, podíamos jugar dentro  con mis hermanos y mis primos contemporáneos, Luis, Oswaldo, Pedro, Jaime, y  vecinos incomparables como , Franco, Memo, Paco entre otros muchos a los cuales no nombro por que sería injusto olvidar a alguno, con los cuales gracias a la  extensión de la casa, jugábamos fútbol, saltábamos sobre los muebles de su sala, y podíamos hasta travesear con las pailas de  la abuela, eso si callado de ella y cuando nos llamaba a la mesa, teníamos que todos convertirnos en unos caballeros. Al tiempo mis Papás compraron  justo  la casa de al lado la 2-37 y en la cual recuerdo cuando jugábamos con los instrumentos musicales de “La Ronda Lírica”, cuando los encargaban después de amenizar las fiestas que se hacían en la casa.

La Abuela se sentía orgullosa de su estirpe, me conversaba de sus abuelos maternos  los Morillo que eran oriundos de Cumbal y  siempre se ufanaba de su aspecto físico, pues según ella  eran de contextura alta, rubios y elegantes y  de la gran hazaña de su abuelo, quien  en alguna ocasión  había sostenido un toro de los cuernos  con solo sus brazos.

Por ser quien la acompañaba , recuerdo su fervorosa fe en Dios y la Virgen por lo que siempre me hacia rezar en las noches, así como asistir a la infaltable misa dominical, la cual  se celebraba en Latín en la iglesia de  Nuestra Señora de la Merced a las 6 de la mañana, la cual era impostergable, a menos de que se estuviese enfermo, y para acudir a tan sagrado deber era menester enlucirnos con mi pinta de “Dominguiar”, acompañada de mis “botines” nuevos comprados por la abuela. Recuerdo que cuando tuve mi primer reloj ( marca Mulco) solo me daba permiso para colocármelo los Domingos, exclusivamente en el día de la misa.

Se refería constantemente a su hermano Lisandro, quien era casado con Maria Muñoz,  padres de los primos  Leonila, Marcos y Visitación, a quienes me consta  que la abuela les profesó mucho cariño. También  se  refería constantemente a su  otro medio hermano que residía en el Ecuador, quien al decir de ella era de medios acomodados, pues tenía una fabrica de anilinas y que una vez había viajado hasta Ancuya a buscar a su familia  y por culpa de los  prejuicios de los legos de la época  nunca pudieron  entrevistarse con el.

No podía faltar entre los recuerdos sus relatos del primer viaje a Pasto, a consecuencia de la persecución de “la  violencia” en la época de los vientos y lloviznas de agosto, utilizando como medio de transporte una volqueta vieja  alquilada, y con ese amargo antecedente tener que empezar de nuevo con toda su familia, en una ciudad diametralmente diferente a su Ancuya, en proporciones, clima, vecinos, costumbres y gente, pero que se constituyó con el tiempo en su segundo y definitivo hogar al cual siempre le supo sacar lo mejor.    

De sus inicios de vida en Pasto, recuerdo su conversa de  cuando le toco habitar una casa con toda la familia en la calle 19 con carrera 19 y de la inundación por el desborde de la quebrada  que recorre este  sector, cuando llego a auxiliarla gentilmente y provincialmente el Señor Patiño a quien le profesó eterno agradecimiento.

Tiempo después, recuerdo los relatos que me hacía de su tortuoso viaje  a  Bogota  en los años 50,  el cual lo realizó en varias etapas y en varios medios de transporte utilizando camión,  bus, berlina y el tren entre Cali y Bogota,  en compañía de Don Teodulo Hidalgo a realizarse un tratamiento medico de Quimioterapia, del cáncer que la agobiaba en su frente,  donde según ella había sido la única  vez que  había utilizado falda y por sobre todo  la experiencia  vivida con el preso  que le toco de compañero en el tren y que llevaban esposado, el cual  en el transcurso del viaje se les voló a los guardianes, arrimándose  a la ventana, con  la frase que gritaba “ díganle a mi mujer que a Buga me llevan”, todo lo cual lo recordaba constantemente.

Recuerdo el recorrido diario a pie por la famosa “Avenida Colombia” (en esa época todo un Hermoso Bulevar) hasta la galería del centro, la que se incendió en la década de los setentas, a comprar la carne donde  “ El Buen Ladrón” su tercena favorita, en compañía de nuestro fiel compañero el can conocido como “el Bidu “, conocido por todos mis contemporáneos, me refiero al segundo, al blanco con manchas negras, por que del primero no me recuerdo. 

Sus colores preferidos para vestir eran “el mordore”, “el tutancamen” y “el salmón”, recuerdo cuando me hizo confeccionar con su buen amigo  Don Manuel “Bombonero” dos pantalones  igualitos, con un corte de dril gris  a rayas comprado por la abuela en  la esquina del 20 de julio. No le gustaba lavar su ropa cuando era “Quinto”  de Luna, lo cual hasta ahora me llena de curiosidad .

Cuando recibió la visita  inesperada de “Don Sombra Martinez” como le decía ella al arquero y de la comitiva del equipo profesional  del Deportes Quindío, en el cual jugaba el primo Luis Alfonso Calvache Hidalgo, (uno  de los nietos queridos por la abuela en compañía de mi Jesús),  y uno de los primeros jugadores profesionales   de Fútbol que dio el Departamento de Nariño, compañero de uniforme  del maestro Hernán  Pantoja,  imagínense esto ocurrió en pleno 1967.

Igualmente cuando recibíamos la visita intempestiva del funcionario de sanidad y se alborotaba el barrio entero, pues afanosamente  nos ponía a limpiar y organizar toda la casa, con escoba y trapero en mano.

Recuerdo que me contaba su vida paso a paso, época a época de sus vivencias y anécdotas con el abuelo LUIS HIDALGO CASTRO, de las cuales concluyo que la quiso demasiado y de quien apenas me recuerdo por que lamentablemente murió cuando yo apenas contaba con 4 años de edad. Me hubiese gustado mucho compartir mas momentos con el abuelo y aprender de sus vivencias y experiencias, por que  al decir de la abuela  me parezco demasiado.

De su gallina de campo diaria que le preparaban cuando se encontraba de dieta por el embarazo y nacimiento de sus 9 hijos  y  del respeto, abnegación y cariño  a  todos y cada uno de ellos y de los cuales se sentía orgullosa.

Una de los recuerdos que mas tengo presente es su llanto bien sentido, cuando se despedía de mi tío Lisandro, quien se distinguía por  su maletín viajero de color  azul, que tenia impreso el prototipo de Avianca, en la época que estuvo trabajando en Barrancabermeja quien al decir de mi abuela era el “Niño”,  como lo llamaba el abuelo Luis por ser el ultimo de sus hijos. No  me explico  por que en ese maletín tan pequeño  en el cual portaba su “Pino Silvestre”   alcanzaban tantos regalos que traía  mi Tío Lisandro  para toda la familia sin excepción, cuando venia de vacaciones.

De cuando se encontró una cadena grande de desvarar carros subiendo por el “Rio Pueyo” hacia donde hoy se encuentra construido el Barrio La  Carolina, la cual  según ella la dejo  ocultando con su pañolón, y fue a llamar a un compadre suyo, quien se encontraba en  malas condiciones económicas,  para que la fuese a levantar y la pudiese vender.  Imagínense esa  generosidad y  nobleza  al igual que  cuando repartía el marrano  que pesaba para vender en Ancuya , el cual era repartido  entre los parientes y amigos en especial su comadre “Cocoleta” a quien frecuentemente la recordaba.

Del compadre Adiodato Insuasty,  cuando vivía en el sector de San Felipe, un señor según ella muy buena persona oriundo de Yacuanquer, también  me recuerdo  las visitas que nos hacia la comadre “cuadrera “ y de  la frase que tenia como estribillo jocosamente   de doña Canzimanza  “ me gusta que me conozca”.

Cuando todavía tenia la vista, pocas veces la vi sentada ante un televisor, por que siempre estaba ocupada en los quehaceres de la casa, solamente  en la visita del Papa Pablo VI, en 1968, eso si era infataltable su cita dominical televisiva para no perderse las anécdotas de Don Cándido Maria  y Saturnina en “Yo y Tu”.  

Sus refranes y leyendas avivaron mi imaginación de niño, recuerdo que  en época de temblores y en los momentos difíciles siempre encendió a San Martín una vela   aplicando sus  propios principios y filosofía de ver la  vida, todos los cuales han sido fundamento de mi formación ética y moral.

 A la abuela le costaba enhebrar la aguja  para  costurar sus propias heridas, pues la vida le fue quitando la vista y con ella el tiempo y la vida fueron rudos, pero contra aquel orgullo de vida el tiempo y las  circunstancias no pudieron.             

 En fin, tengo muchas cosas, muchos recuerdos en mi memoria y no creo poder rescatarlos todos  para plasmarlos en este escrito que nace  de mi alma, pues para lograrlo  creo que tendría que escribir un libro de varios capítulos, sin embargo espero que estos breves comentarios sirvan para enriquecer  y enaltecer la memoria de nuestra familia y el recuerdo perenne de la abuela.

 Al  recordar a nuestra abuela y madre  MERCEDES PANTOJA CASTRO , el mejor sentimiento que agradezco a mi memoria es la nostalgia de los tiempos  de mi primera infancia vividos en  su compañía, todos los cuales han forjado mi carácter y en consecuencia, mi destino.

 ¡QUE DIOS ILUMINE CADA UNO DE NUESTROS DIAS Y QUE NUESTRA INIGUALABLE ABUELA MERCEDES DESDE EL CIELO NOS PRODIGE MIL Y MIL BENDICIONES!    

 San Juan de Pasto, agosto de 2007.

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