Ojo al deporte

 

 

 

 

 

 Por: William Castro Caicedo

Hijo de: Claudio Castro Hidalgo y Martha Caicedo de Castro

 


A los deportistas les brillan más sus ojos. Lucir pantalones cortos y moverse regala humilde felicidad en la mirada y permite comprobar que no hay que ser rico para ser deportista; aunque otros sí se enriquecen, ser deportista da otra riqueza.

 

Lo verifiqué siendo periodista deportivo del único diario de Popayán, El Liberal, y aún hoy al practicar atletismo, natación y voleibol. Conocí gente que parece asumir el deporte como condición de la pobreza, nombre equivocado éste porque el brillo de sus ojos los hace más ricos que cualquiera. Imaginé que aquello espiritual y misterioso que consiguen al practicarlo equivale a lo inalcanzable en otras áreas. Es que hacer deporte es gratis. Cuesta sudor, pero también es gratis.

 

Conocí dedicados profesores deportivos sin sueldo. Instructores innatos de pasión deportiva que enseñan a que brillen más los ojos como si fuera mandato divino. Regalan tiempo y voluntad para descubrir a quienes con más sacrificios que dinero hoy obtienen medallas.

 

A mi memoria la persigue el brillo de ojos de una juvenil atleta negra que corre descalza por la precaria pista y que al usar zapatillas con clavos (spikes) su desempeño es menor. Conocí un campeón ajedrecista invidente del que no supe sí se precia más por ser ajedrecista que por ser auxiliar de contabilidad, ajedrecista y ciego. Cuando me enteré de que lideró la primera expedición de invidentes al Nevado del Puracé y emocionado describía lo que no vio allá, recordé el nombre de la barra de invidentes del Independiente Medellín: Visión Roja.

 

Lamenté cuando el robo de las bicicletas a una payanesa (que por méritos había conseguido ser becaria en la escuela de ciclismo de Medellín) acabó con el propósito de defender su título nacional prejuvenil y con el sueño de seguir en el ciclismo.

 

Brillaron los ojos de la basquetbolista para quien su comida favorita era el arroz con atún cuando imaginé otra respuesta. Se apagó el brillo de ojos cuando el ciclomontañista ocultó los calambres por los que abandonó la carrera desinflando su rueda.

 

Fueron más titulares de prensa e historias que trofeos de sus protagonistas. Títulos que se inventan como la obra cumbre de la tarde de cierre. Permitirse poesía otorgó arte al periodismo con textos como Las bicicletas no se quejan, La Policía los puso a correr, San Isidro se pone los tenis (Olimpiadas en esta penitenciaría), Corredores de bolsa… de leche. (Carrera atlética de Lácteos Puracé), El Mundial en las manos (álbum Panini), La B del Cali dio clase en El Liceo y Los Diablos Rojos en la Ciudad Blanca.

 

Aunque parezca de locos el deporte, tiene más cordura que otras costumbres. En el atletismo de calle bogotano hoy me codeo con el Chapulín Colorado, Papá Noel, un hombre y su radio que emite currulaos y otro de gran peluca tricolor.

Es comprensible que si el deporte no enriquece a las personas, sí brilla sus ojos. Que descalzos y con atún y arroz, ellos son los mismos que logran un fascinante brillo de ojos en unos Juegos Olímpicos o en la Clásica 3 de julio.

 

Nota:  William Castro en El Liberal, de finales de 2000 a finales 2002.

              Conozca el periódico www.elliberal.com.co

 

 

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