ARTÍCULOS ESPECIALES.
 

De tanto mirarse el pupo u ombligo…

 

Por:  Giovanny Castro Caicedo

Hijo de: Claudio Castro Hidalgo y Martha Fanny Caicedo Aux

 

Le puede venir al desocupado que en esto ocupa sus días, dolor de la nuca que le sostiene la cabeza o magín donde piensa, ahí donde se depositan las capas geológicas de la memoria, por estar pegado a verse la cicatriz que le dejó el cordón umbilical: algo así se me ocurre que puede ser la dolencia que sufra quien por estar mirando lo propio y cercano como si fuera universo, no logre ver el conjunto que hace el territorio en su esplendor; de alguna manera, el desarraigo que nos caracteriza como familia emigrante, libra la culpa de un localismo sin horizontes, pues hace mucho que la sangre va por los caminos peregrina, pero a su vez la misma causa complica salvarse del dolor de nuca del localismo pupológico. ¿Cómo resolver entonces la distancia?

Para intentar calmar un poco de la tensión entre el pueblito viejo y la faz del mundo, la vida urbana vs. el hechizo de la tradición, haré un recorrido por lo que he visto de la cultura regional, que reverdece en cada lugar con matices distintos de apariencia pero en el fondo mantiene una misma tonalidad. Al indagar en la zona donde trabajo sobre el sentido de pertenencia e identidad, me he encontrado con respuestas sorprendentes, que no son así sueltas una definición absoluta, pero de una a otra visión personal se pueden sacar conclusiones que sean representativas del conjunto. Bueno, además de oír cómo se dicen, por ejemplo, ahora sé que el cantadito final en las frases es sólo del norte del departamento y sur del cauca, mientras que el “verís”, el “tenimos” y todas las conjugaciones que resultan de este giro lingüístico sí son de uso general en la región, además de don gerundio que quiere ser amablemente imperativo en el “verámela” (la olla, o la niña), y el “cogerisla” (a la gallina, o la escalera). La gente del guaico se reconoce a sí misma por un sentido del humor temible, y Sandoná debe ser el pueblo que en muchos sentidos concentra las características de esta variante regional, que se prolonga y se va diluyendo hacia el norte, de modo que al ir a preguntar a Sotomayor sobre cómo se sienten, ya pesa más la identidad cordillerana, por la cadena montañosa occidental que se define mejor a partir del cruce del Patía, y como están subidos en un balcón donde ya se divisan los ardores de este valle, y tienen más contactos con sus vecinos del norte, son menos guaicosos que los de abajo, a pesar de la influencia que ejerce la identidad de quienes colonizaron y poblaron la zona, que se reconoce en los elementos de cultura material que ayudaron alguna vez al sustento y la adaptación al medio, el pilón y la callana por ejemplo, tan útiles para preparar y tostar los granos, la jigra tejida de fique donde cabe un mundo si es necesario, el chinde que también admite una infinidad de usos, los puros de llevar las bebidas que son como la vida en medio del calor sofocante del trabajo en los cultivos y en los viajes, las alpargatas, calzado aerodinámico y ventilado propio para el clima, de las que se sabía por experiencia que se gastaban dos pares para ir a jornalear al Valle, las cobijas tejidas en guanga, coloreadas como las faldas floreadas del gusto campesino. Pero lo más sorprendente, haber encontrado en esas lejanías la sangre viva, en los rasgos de una señora participante del encuentro de formación, y reconocerse mutuamente como parientes sólo de verse al rostro, que en la metodología de construcción conjunta del conocimiento fue la demostración final de que la historia no es lo que ya pasó sino el amanecer del día de hoy, y de los enlaces que unen el territorio a una misma experiencia humana diversa y con muchas influencias, pero básicamente una. También hay rasgos comunes en toda la tradición oral que se contaba alrededor del fogón o en las peonadas cuando se reunían los jornaleros a descansar, la oscuridad acompañaba – era un mundo aún con misterios, y cuando se hizo la luz, se espantaron los espantos -, la cofradía de los duendes cuida a boñiga alzada los nacimientos de agua así en el Chorrillo como en el Bolsón, sitio de Taminango, o en cualquier lugar donde el monte cierra y el hombre insiste en robarle espacio. Los procedimientos de la medicina tradicional se hallan así mismo regados por la zona: para quitarle el susto a un bebé se le hacen cruces y se le pega un grito, luego se lo llama, “venga, venga”, para que el almita alejada con el susto que quita el otro susto no se vaya del todo. Los amarres, conjuros, palabras de poder, hierbas que sanan o enferman, la brujería en fin, es parte de una tradición vieja que va por debajo del mundo callada, y se mantiene.

Mi capacidad de asombro aún no se satisface, quedan por retomar las mismas rutas de la gran región, donde nuevos descubrimientos aguardan. En la conformación de la Red de Comunicación Ciudadana, proceso adelantado dentro del II Laboratorio de Paz del Macizo Colombiano y el Alto Patía, cuando la gente empiece a relatar su cultura tendré mi relevo como narrador, y serán otras voces las que hablen entonces, las despreocupadas de la corrección lingüística y gramática, de aquellos que siguen siendo emigrantes pero retornan a plantarse firmes en el territorio, en medio de la dureza de la guerra y la vida desaforada de las bonanzas ilusorias.

Para el andante urbano, seguirá el hechizo de la tradición acompañado del dolor de nuca de mirarse tanto al ombligo, churo cósmico de la raza, pero serán otros los horizontes, como ha sido siempre en una familia de emigrantes en sentido amplio, no sólo cuando se ha ido, también cuando ha quedado. Volver, como decía Arturo, queda en las tramas de la palabra nostalgia del retorno:

Aldea, paloma de mi hombro, yo que silbé por los caminos, Yo que canté, un hombre rudo, buscaré tus helechos Acariciaré tu trenza oscura –un hombre bronco-, Tus perros lamerán otra vez mis manos toscas.

Ver: www.fondoculturanarino.org

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