Semblanza de Gonzalo Castro Araujo:

 Sembrador de buenos recuerdos…

 Javer 8 ahnos

Por Francisco Javier Castro Caicedo

Hijo de Claudio Castro Hidalgo y Martha Caicedo de Castro

Siempre he pensado que se pueden considerar dichosos aquellos que saben de donde provienen para así, apoyados en esas raíces poder extender sus ramas hacia donde pretenden llegar. En mi caso hace muchos días que, a raíz de las tertulias en casa de mi primo Gonzalo en Bogotá surgió mi compromiso de escribir unas líneas acerca del abuelo, el Papá Noy, como lo conocimos todos en la casa y la familia, un nombre impuesto por la media lengua de mi hermana mayor, la primera nieta de la pareja conformada por la abuela Amalia Hidalgo, ella siempre denominada simplemente así La abuelita, y Gonzalo Castro Araujo, el Papá Noy, deformación del apelativo papá señor, dado en ese entonces a nuestros mayores. En primer lugar debo mencionar, y de ello pueden dar fe quienes lo conocieron, que era una persona de carácter recto, mas bien taciturno, liberal de partido y costumbres conservadoras, era quien imponía las normas de convivencia en la casa y más importante aún, vivía de acuerdo a ellas. Creo que para ilustrar un poco esto vale la pena recordar el apelativo que los primos le tenían a la casa del Papá Noy en Ancuya, “El Convento”, y no por su tamaño, que era grande, sino por las normas que allí regían, no se podían organizar convites etílicos, tan favorecidos y gratos para los demás miembros de la familia, ni tampoco era bien visto llegar a altas horas de la noche, dígase 10 de la noche, y menos en la madrugada, era mejor esperar a que saliera el sol. Si algo tengo presente es jamás haberle visto tomar un trago de aguardiente, o fumar un cigarrillo, o menos decir una palabrota o grosería. Mis recuerdos de él deben comenzar aproximadamente cuando yo tenía unos 5 o 6 años de edad, y le veía ejercer su oficio habitual de carpintero, trasegaba por el patio, con tablas y serrucho, los ubicaba en el banco de trabajo, situado en el alero inferior de la casa, o en la prensa, graduaba el cepillo o la garlopa, les untaba cebo en la suela y comenzaba a acariciar la superficie con movimientos decididos, silenciosos. Aunque por todos siempre fue tenido por serio por su carácter adusto, daba muestras de gran ternura como por ejemplo cuando en esas circunstancias que describo, uno le hacía preguntas acerca de porqué hacia las cosas como las hacía, tenía paciencia y me explicaba que para cepillar había que seguirle el hilo a la madera, que el cebo, que guardaba en unos canutos de bejuco, era para que resbalara mejor el cepillo o el serrucho, nunca supe ni ví que tuviera un oficial o ayudante, siempre le ví trabajar solo. Cuando yo veía surgir esos churos de viruta del cepillo a veces me dejaba atraparlos y guiarlos para que fueran lo más largo posibles, y así poder jugar a estirarlos, ver que cuando más sutiles se enrollaban mejor y cuando gruesos se tornaban frágiles; ahora me doy cuenta que en tales circunstancias yo fastidiaba con tantas cosas, pero el se daba sus mañas para explicarme y permitir que me asomara o trepara al banco. Le veía poner un taco de madera en la parte de debajo de la prensa y yo preguntaba, le preguntaba porqué no usaba más a menudo ese serrucho de San José, el de marco que aparece dibujado en las ilustraciones de la Sagrada Familia, el de forma de cuadro con un tensor de soga retorcida en un costado y la sierra en el opuesto. En una ocasión, de un libro con experimentos para niños encontré cómo hacer un telescopio con un tubo de cartón, explicaba cómo encontrar la distancia focal de los lentes, ubicándolas sobre una regla y pegándolas con plastilina, como yo le había visto los lentes de las gafas dañadas, que el guardaba en varios sitios, los recolecté pero ante mi deseo de tener más para hacer más potente el experimento le conté mis intenciones y le pregunté abiertamente si me podía ayudar con los lentes y el me ayudó a buscar, visitando los sitios que yo ya había recorrido, la mesa de noche, los cajones del escritorio, el estante de la biblioteca y los diferentes cajones del armario de herramienta, ¡caramba! decía, pero si yo deje aquí unas que se me dañaron, y yo miraba haciéndome el desentendido, pues ya estaban en mi poder y simplemente quería asegurarme de que no se me había escapado ninguno, recuerdo haber terminado el experimento y que él me alentara en tales experiencias. También me regaló algún reloj despertador dañado para que lo desbaratara y experimentara con sus piñones y la cuerda, estoy convencido de que le gustaba incentivar las aptitudes y vernos descubrir las cosas. Creo que todos reconocemos su gran afición por los relojes despertadores, siempre hubo uno sobre su nochero, ya que fue al primero a quien ví manipular uno y me gustaba ver el martillito que golpeaba rápidamente las campanillas. También le ví trajinar para hacer los canales y bajantes de hojalata para la casa de Ancuya, cortaba, doblaba y soldaba las piezas ayudado con dos cautínes puestos a calentar alternativamente en un brasero de carbón.

Fue gracias a él que las narraciones de la Historia Sagrada aún permanecen en mi memoria, y con sigilo nutren esos momentos en que a solas rememoramos esos gratos momentos de lo que fue nuestra infancia, cuando en mi mente se dibuja aquel rincón de la casa que fue el suyo, al que se retiraba a reposar después del almuerzo, había allí una perezosa, hecha con sus manos y de un diseño mejorado, según un modelo presentado por don Lisandro Hidalgo, su yerno, pues antes tenía otra más sencilla, sin apoya pies y de tela a rayas, la nueva era de tela azul índigo y le había adaptado a la cabecera un cojín para mayor comodidad, a su derecha había un radio Phillips de botonera marfil, siempre sintonizada en las noticias o en los programas del padre Jaime Álvarez, a través de Ecos de Pasto, a un lado, sobre la pared, un almanaque y unas estampas religiosas. Entonces me llamaba, me sentaba en sus rodillas y con una historia sagrada ilustrada me leía cosas de la Biblia, el sacrificio de Abraham, la expulsión del paraíso, la llegada de la Sagrada Familia a Belén, el incidente de Jonás y la ballena y la visita de Santa Ana a la Virgen y otras tantas que con gratitud he ido descubriendo son los principales motivos de inspiración de los grandes pintores y cuelgan en los museos o se reproducen en los libros. En otras ocasiones, con palabra lenta relataba los hechos y se apoyaba en algún dibujo o estampa, gracias a él conocí la historia de San Martín de Porres, el santo negro de la escoba y el plato con el ratón o la de Santa Lucía y los ojos en el plato. A eso de la una de la tarde, después de la siesta del mediodía, cogía el sombrero de calle, el de fieltro más nuevo, no el de entre casa, y con un Rosario en el bolsillo se encaminaba hacia la iglesia del pueblo, a veces me invitaba a acompañarlo y una vez allí al pie del cuadro del juicio final y las almas del purgatorio me describía sus detalles en procura de infundirme el temor al pecado, ¡caramba que era recto el camino por el descrito!

Con el paso de los años aquel recorrido de 2 cuadras entre la casa y la iglesia, con la primera cuadra muy empinada, destapada y sin andenes, la emprendía cada vez con paso más difícil y figura más encorvada pero también con una mirada cada vez más distante, viendo más allá de ese corto espacio; subía lentamente la cuesta y permanecía un largo rato en el interior fresco y silencioso de la iglesia, sentado en las bancas de adelante, las que tienen vista al interior de la cúpula y, por el señalados, cuatro evangelistas en sendas columnas; rato que a mí se me figuraba eterno. *** El Papa Noy regañaba sí y sus reprimendas eran la última palabra en la casa, recuerdo las que le hacía a Jaime, el hermano que me sigue, quien vivió en Ancuya hasta los 6 años, cuando lo reprendía por demostrar sus temprana aficiones artísticas haciendo ‘collages’ en la pared con las hojas de col que le salían en la chara; para Jaime había hecho a su medida un pequeño juego de comedor ubicado, en un rincón, a la salida de la cocina, allí el comía y pegaba los retazos de hojas sobre la pared. Los objetos y reparaciones hechos por el abuelo siempre fueron buenos y duraderos, los hacía con los materiales que le eran familiares. Al triciclo que había sido de Gilberto le extendió la vida para servir a unos nietos más, cambiándole los radios de alambre de las ruedas, por unos círculos cruzados de madera y el sillín de caucho y resortes de acero por uno también de madera. Las raposas en ese entonces también frecuentaban el gallinero, en franca competencia con los traviesos nietos y sobrinos, y para evitar sus daños construía y montaba trampas para atraparlas y de ellas daba cuenta la abuelita en unos caldos desabridos, sin una pizca de sal, pero promocionados por todos como suculentos y nutritivos, especiales para los niños flacuchentos. Capítulo aparte merece abrir para relatar los llamados a rezar el Rosario, a tempranas horas, apenas oscurecido el día, para situar en su contexto la historia hay que recordar que por ese entonces no había energía eléctrica en el pueblo y todo se hacía a punta de velas. El rezo se comenzaba con el apagado del infaltable radio, esta vez sintonizado en onda corta creo que en noticias de la Voz de América, y el papa Noy desde su cama iniciaba el rezo, nosotros los niños asistentes, sentados en un cajón o en las otras camas acompañábamos con más resignación que entusiasmo, pues habíamos suspendido los más gratos balanceos y relatos de cuentos en la hamaca del patio, así que cualquier mirada distraída era motivo de risa, lo que implicaba el inicio de una cadena hilarante de todos los niños, que finalizaba con la expulsión de los implicados, y así uno a uno nos desgranábamos al patio hasta que el quórum completo se reunía de nuevo y entonces ya veíamos el sin sentido de tanta risa, pero claro, volvíamos a nuestros balanceos, eso sí, en la hamaca más retirada del cuarto del abuelo. Me acuerdo que me invitaba a acompañarlo a traer el ternero desde el potrero del Llano, allí por el camino me enseñó como reconocer las matas de piñuelas y en ocasiones me las sacaba para que comiera, le gustaba que recogiera unas pepas negras, semillas de un árbol que el usaba como cerca viva del potrero. También me apoyó en una ocasión en que se me ocurrió montar en un ternero de unos 6 meses, y aunque él lo sostenía corto y a mi bien agarrado, igual me botó y terminé empolvado en el suelo, con el susto de él y la risa nerviosa mía. ¿Qué edad tenía él?, ¿qué edad tenía yo? no lo sé, sólo se que era la edad de la inocencia, de la dicha de saber transcurrir los días sin mayor prisa, en la que aún no conocía la televisión ni conocía las calles pavimentadas, a su lado aprendí el significado y uso de objetos como billamarquín, porque ví cuando lo usaba con su reluciente pomo de madera tintillada de vinotinto, o el palustre cuando hacía reparaciones en el galpón de las gallinas Otro de los recuerdos gratos que de él tengo es cuando en unas de sus visitas a Pasto, me hizo quitar un zapato y si decirme nada acerca de sus intenciones, sobre una cartulina puesta en el suelo, dibujó con un lápiz la silueta de mi pie, en la tarde regresó con un reluciente par de zapatos nuevos, justos a mi medida. Pero lo que me causa mayor admiración hoy es su visión tan pragmática y considero que nada trágica de la muerte, a la que esperó con la paciencia y tranquilidad que le dan a alguien el saber que vivió la vida con rectitud, siguiendo sus principios y sin hacer mal a nadie. Lo pragmático nos lo demuestra el hecho de que con varios años de antelación y al observar que los recorridos con el ataúd de los difuntos desde el templo hasta el cementerio en ocasiones era difícil, decidió hacer un carro para esos menesteres, armado con cuatro ruedas de bicicleta y una armazón de tubos de hierro. En ese entonces, ante la falta de electricidad y por lo tanto de soldadura eléctrica, los arabescos de las varillas de hiero los debía hacer uniendo las piezas unas con otras mediante remaches, debía taladrar con infinita paciencia uno a uno lo incontables agujeros, esto con un pequeño taladro de manivela, esas obras aún las podemos observar en los pasamanos de la casa, los marcos de las ventanas o las puertas de la casa en Ancuya. De cuanta ayuda para sobrellevar las necesidades de la casa en Pasto fueron el bulto semanal de remesa que cada domingo nos hacían llegar en el bus del tio Clelio, empacado en unos costales, indefectiblemente marcados con tinta como “G. Castro”. También así marcaba los cajones de la guayaba, también hechos con sus manos, que en ocasiones despachaba a Pasto y que no eran desechables, como los actuales huacales, sino que había que llevarlos de vuelta, y tenían unos aros de cabuya en la portezuela para poderlos asegurar y abrir con facilidad. Alguna vez lo acompañé a un cultivo de maní que tuvo en El Pedregal y gracias a sus explicaciones de la planta el día en que en la escuela me la enseñaron para mí fue un repaso. Gracias a su biblioteca conocía a Julio Verne y su Vuelta al mundo en 80 días y La isla misteriosa, lo mismo que a Tarzán de Edgar Rice Borroughs, éste último sin dibujos, sólo letras, aunque también me recomendó algunas biografías de santos que en verdad no me llamó la atención leerlas. Pero sí que gracias a su colección de revistas Selecciones aprendí muchas cosas, aunque para ser sincero en un comienzo lo que más me gustaban de esas revistas eran las propagandas de camiones y tractores, lo mismo que las de relojes de pulso, pero por allí lentamente fui tomando el hábito de la lectura que hasta ahora me acompaña, y cada vez recuerdo que el principal encargo, que mi papi enviaba para el Papá Noy y que era lo primero que le entregábamos a nuestra llegada al pueblo era el rollo con los periódicos de la semana y que eran los que concienzudamente leía en la perezosa, vaya si esa costumbre la hemos heredado varios de mis hermanos, lo mismo que mi papi. Sembrador de buenos recuerdos, eso era el abuelo, y lo hizo cuando no había la celeridad con la que hoy cambian las modas y los hábitos, de él aprendí cosas que tal vez parezcan poco interesantes pero para mí en sus momentos fueron grandes revelaciones, como por ejemplo verle hacer la tradicional cola de carpintería, en una olla vieja y con pedazos frescos de cuero de vaca, aprendizaje grabado con profunda huella olfativa, pegado con cola negra. Espero no haberles aburrido con mis historias, la verdad las palabras son tantas veces insuficientes para describir esa amalgama tan compleja que son los recuerdos, en este caso el Papa Noy también tenía su olor particular, aún hoy cuando voy a Ancuya precisamente lo que busco son esos rastros olfativos que me llevan a verle en su trasegar por la casa, hacia el cajón de los huevos, hacia el libro de contabilidad de la tejería, me parece verle pintar los avisos en los costales, con una brochita hecha por el mismo, con pelos de cabuya sobre un palito de bejuco, máxime cuando los recuerdos vienen acompañados de eso que el tío Gonzalo menciona, como son los olores, emanados de la tierra al calor del sol del mediodía, el olor de ese polvo del camino mil veces pisoteado por las bestias en su trajinar al trapiche. Bogotá, diciembre de 2007

 

Comentarios

Inicio

Arriba


Mailbox

 

Estaremos muy agradecidos de recibir aquí sus comentarios y opiniones acerca de nuestra  web..   E-mail hidalgo_amigosweb@yahoo.comTeléfonos: 3154771  -  6697114   Bogota D.C.