DE CAMIONES Y DE RUTAS

UN VIAJE AL REINO DE LOS SENTIDOS Y LOS RECUERDOS.

 

 

 

Por: Claudio Castro Caicedo

Hijo de: Claudio Castro Hidalgo y Martha Fanny Caicedo Aux.

Nieto de: Gonzalo Castro Araujo y Amalia Hidalgo Bolaños,

           José Caicedo Coral y Serafina Aux Mora.
 

  


A un Hidalgo / Castro lo encontrarán ejerciendo con entusiasmo y dignidad, cualquier oficio, actividad o profesión y a veces, varias al mismo tiempo si la necesidad o el gusto lo ameritan.

 Una de esas actividades ha sido el transporte en camiones, buses escalera y una variopinta colección de vehículos; herencia y continuación de la actividad de arrieros ejercida por nuestros ancestros.

 Este es un breve viaje al baúl de mis recuerdos de infancia relacionado con los volantes, cigüeñales, bielas, carburadores y en ultimas, al olor de la grasa y la gasolina.

 Mi padre, Claudio Castro Hidalgo fue uno de quienes ejercieron este oficio y comenzando con su primer camión; “El Saeta”, un clásico Ford 47, terminaría recorriendo las carreteras de Colombia durante las décadas de los cincuenta, sesenta y parte de los setenta, al volante de éste tipo de vehículos.

 En buena parte de ese periodo tuve la oportunidad de seguirlo en muchos viajes, algunas veces con su consentimiento pero no en pocas ocasiones a su disgusto como inoportuno polizón y a mis diez o doce años ya había ascendido al puesto de ayudante del "oficial" encargado de gritar a todo pulmón: “dele, déle!” en las maniobras de reversa pero principalmente desempeñando el papel de “pato” y tener así la oportunidad de avizorar el cambiante paisaje en la ruta, desde el privilegiado punto de observación de la parrilla, encaramado encima de la cabina o equilibrándome precariamente en los estribos y en la tabla trasera.

 En una de mis ultimas escapadas, mi condición de polizón solo fue descubierta cuando dormido en mi escondite en la parrilla, salí despedido en una curva cerrada. Para mi suerte, en ese momento estábamos pasando frente a un trapiche por El Ingenio de Sandoná donde el bagazo de caña de azúcar extendido para secar en la vía suavizó el aterrizaje de mi caída y solo me gané unos cuantos magullados, fuera de la respectiva “muenda” al final del viaje.

 A esa edad y cuando aun no existía la distracción de la televisión ni los video juegos; los atractivos de un viaje en camión o bus escalera eran todos irresistibles e incomparables y uno de ellos era tener la oportunidad de probar las especialidades gastronómicas en cada parada de rigor: fritanga con yuca y concho en Nariño, huevos hervidos en las madrugadas sandoneñas, mote con queso de El Espino en Túquerres, pan de leche en Ipiales, trucha frita en El Encano y claro, las polvorosas gelatinas y rosquillas en Ancuyá.

Tiempos heroicos aquellos para circular por esos caminos de Dios. Las carreteras eran mas estrechas, las curvas mas cerradas, la maquinaria de los vehículos imprevisible cuando la palabra mantenimiento aun no existía en el diccionario de nadie y el clima traicionero podía con un simple aguacero hacer intransitables y "derrumbar" sin previo aviso trechos enteros de las vías en nuestra proverbial topografía nariñense; monumental, agreste, caprichosa, dura y solo apta para espíritus estoicos y recios.

 Para compensar, así también eran quienes tenían que ganarse la vida transitando en el medio de aquel paisaje de montañas sin fin, cumbres en las nubes y precipicios sin fondo.

 Tengo la certeza que comparto con la mayoría, el recuerdo indeleble de un viaje en bus escalera condensado en la tempranera salida de Ancuyá con destino a Pasto.

 Una o dos de la mañana, el pueblo a oscuras y silencioso, viento frío que baja de las montañas y pasajeros aun medio dormidos que se apresuran a buscar un "puesto" propicio y apenas se hablan en voz baja en medio del silencio de la madrugada que amplifica el mas leve susurro.

Carrocería de madera con inmensas puertas/ventanas cubiertas precariamente por pedazos de lona y por donde se cuelan todo el polvo y todos los vientos de los caminos; de preferencia los glaciales de la madrugada en la entrada a Pasto.

 Cuatro o cinco horas de zangoloteos y sacudones pasando por cráteres y barriales inmensos en el invierno y por nubes de polvo en el verano; paradas en cada curva y en cada recta del camino donde alguien " ponga la mano". Subida de bultos, chivos, canastos, chindes, gallinas bulliciosas, perros lastimeros y el bramido característico del motor al ritmo de las cuestas y de los continuos cambios de marchas con el sonido de fondo del crujir continuo de la carrocería imitando mil chicharras y pajaritos sueltos en sus juntas de madera y fierros.

 De alguna forma todo mundo se las arregla para robarle un poco de sueño a la incomodidad y es ahi donde se pone a prueba la calidad de una buena ruana, atuendo indispensable de viaje y compañera inseparable en las madrugadas heladas.

 Para el ayudante del “ayudante” los lugares opcionales para hacer un buen viaje eran variados. El ideal era un hueco en medio de los bultos de lana de balso, pero no era siempre que se presentaba esa oportunidad y había que rebuscarse la manera de "ablandar" con hojas de plátano los diversos bultos y en ultimas encaramarse a la " parrilla", hacerse un ovillo e intentar cobijarse de la mejor manera con la carpa grasienta y tiesa del polvo recogido durante todos los años de antigüedad del vehiculo.

El viaje en medio de la carga de un camión podía ser mas cómodo pero mucho mas monótono por falta de un buen punto de observación del paisaje, en cambio los olores si eran mucho mas variados, persistentes y marcantes: el acre olor a cebolla, ajos y verduras de un cargamento consignado al Putumayo. El dulzon olor de la panela recién salida de los trapiches, al aromático perfume de las papayas, guayabas y piñas camino a Túquerres e Ipiales.

 Pero en este literal sentido, nada se compara a la experiencia de un viaje desde Puerto Asis a Pasto y por un mínimo de doce horas encima de un cargamento de cueros de res sin curtir. Hasta hoy tengo impregnado en mi olfato la "fragancia" aguda,  picante, y pertinaz de ese cargamento.

Muchos años después viviría una experiencia semejante cuando tuve que viajar encima de la carga de Leticia a Bogota en un avión carguero lleno de pescado del río Amazonas.

Por el lado positivo, cabe decir que se duerme profundamente, talvez por la semiasfixia o muy posiblemente por el rítmico balanceo de la improvisada cama: una fluctuante sensación de sueño gelatinoso.

 La llegada a destino fue igual: intento infructuoso por quitarse de encima el hedor en las narices debajo de la ducha con enjabonadas múltiples y permanencia de la "fragancia" en el olfato por las próximas dos semanas al menos y  hasta hoy en mis recuerdos.

 Extremos de olores, pero también de calor y de frío en tiempos en que el aire acondicionado y la calefacción en los vehículos eran un lujo desconocido.

 Quien no lleva en su piel la sensación de los calores sofocantes del cañón del Guaitara bajo la canícula del sol de medio día ? o el vaho bochornoso sentido del Diviso hacia abajo en la terrible via de Pasto a Mocoa en medio de las selvas del Putumayo?.

 O el frío que se calaba hasta los huesos en el altiplano de la provincia de Obando y de Guaitarilla hacia arriba ?.

 El mas temido era el frío sentido a la entrada del Valle de Atriz y que se instalaba en el alma junto con un sentimiento depresivo cuando finalmente caíamos en la realidad de que estábamos dejando atrás los días luminosos y alegres de la tierra caliente y teníamos que resignarnos al gris y a la melancolía que se abatía apenas divisábamos allá abajo las primeras luces de la ciudad.

 Silencioso y melancólico era el transitar por el medio de las neblinas eternas de la Buitrera, Guachucal o Cumbal, mientras intentábamos escondernos del frio mordiente apretujandonos en la ruana e intentando en vano esquivar las incontables corrientes de aire que se colaban a través de la inútil protección de las lonas que apenas si cubrían ventanas y carrocería.

 Una vida después, recordaría mis primeros encuentros con los extremos de temperatura mientras temblaba de frío en la proa congelada de un barco carguero y con la nieve a los tobillos aproximándonos por el canal del Delaware, hacia el puerto de Baltimore en una madrugada de invierno o sudando a chorros en el  verano de algún puerto en el Golfo Pérsico cuando ni siquiera el aire acondicionado del barco podía amainar los calores de cuarenta grados a la sombra.

 Los torrenciales aguaceros del Putumayo y las polvaredas sin fin de todas las carreteras también volverían a mi memoria bajo la lluvia pertinaz de los Monzones en el puerto de Bombay en la India o dentro de una nube de arena del Sahara mientras cruzaba el canal de Suez.

 La pista sonora de todos esos viajes es también un potpurri informe: los gritos peculiares de los choferes, ayudantes, coteros y pasajeros. La algarabía del viejo mercado central de Pasto, el ronronear característico de un Ford 60, tan diferente del bramido de un camión International 68 y distinto también al ruido de un Dodge 70.

 Acompañando todos esos ruidos y sonidos estaba siempre la música; principalmente la que llegaba mas al gusto y al corazón del gremio de los chóferes y ayudantes.

 En este punto, quien mandaba la parada era la música de cantina en toda su gloriosa variedad: desde los boleros en voz gangosa de Tito Cortes y Daniel Santos, Los Médicos y demás tríos de la época, pasando por vasto repertorio Mexicano de rancheras, corridos y boleros en las voces de Pedro Infante, José Alfredo Jiménez, Pedro Vargas, Marielena Sandoval, Javier Solís y llegando a  los arrabaleros tangos de Juan de Arienzo, el rasgado de cuerdas lloronas de los valses peruanos, la sentida música Gaucha de los Payos, Visconti, Ayer's, y Cuyos; para coronar finalmente con los pasillos ecuatorianos que estaban en pleno apogeo  y los cantados por Olimpo Cardenas o Julio Jaramillo en especial, podían derretir el corazón del mas duro de los camioneros, ablandado antes por una media de aguardiente, claro esta.

 Con el tiempo también serian aceptadas en ese repertorio las baladas lacrimosas de Oscar Agudelo, José Miguel Class, Alci Acosta, Rodolfo Aicardi y a finales de los sesenta irrumpiría dentro de ese circulo cerrado, la modernidad de la música de planchar representada por Los Terrícolas, Los Pasteles Verdes, Los Ángeles Negros, Los Galos y tantos otros que hasta ahora pueden ser escuchados en cualquier bus de línea que se respete en el trayecto de un viaje mañanero entre Ancuyá y Sandoná.

 Pero hubo estilos musicales que nunca fueron aceptados en ese gremio y por ejemplo, la moda de música "ye-ye" y "go-go" paso de largo por las cantinas y Oscar Golden escasamente llegó a pegar en el "hit parade" de las carreteras y carrocerías.

 Mi contacto temprano con toda esa música acabaría influenciando de manera irreversible mi propio gusto musical; una mezcolanza ecléctica y caótica que se fue conformando por capas y como estratos geológicos acumulados en mi transitar por otras latitudes y otras épocas.

 De esa forma, se fueron agregando: El Cha cha cha siempre sabrosos de la charanga eterna, la Aragón de Cuba escuchada en Cartagena, durante mis tiempos de cadete naval.

 La frenética percusión de Ray Barreto, las flautas alegres de la Orquesta Broadway y La Tipica 73 con el violín siempre sorprendente de Alfredo De La Fe o las descargas alucinantes de Cachao, entre tantas otras, recogidas en imparables noches de rumba en Barranquilla y demás puertos caribeños.

 Ya para entonces había sucumbido irremediablemente al embrujo de todos los ritmos antillanos; y talvez como consecuencia de los tantos balanceos y sacudones ya acumulados en carreteras y mares agitados; el movimiento sincopado, rítmico y acompasado de toda esa música llegó a mi espíritu y se me instaló de manera natural e inconsciente en el fondo de los huesos, de tal forma que ahora puedo hacer también mías las palabras de la escritora puertoriqueña Lizette Gratacós Wys  al escuchar un clásico Son Montuno:  “Me entra por los oídos, y se apodera de mis sentidos; un leve tumbaíto con la cabeza, el meneíto de los hombros y se desliza suavecita hasta arremolinarse en las caderas, y por ahí sigue y sigue culebreando hasta los pies”.

 Muchas otras capas acompañando otras tantas vivencias se acumularían sucesivamente con el pasar de las modas, las épocas y el lugar.

 Para cuando el vallenato y el regaton llegaron para reinar incontestablemente en las cabinas de los camiones de Colombia yo ya había echado anclas finalmente muy lejos de las montañas de mi patria y mi tiempo en las carreteras era apenas un lejano recuerdo.

 Completada la "media guasca" de vida, como diría el inolvidable doctor Hidalgo, es menester aligerar la carga de nostalgias y abrir cupo para la otra mitad que me falta. Pues si hay algo que sabe todo viajero veterano que ha aprendido a disfrutar a plenitud del camino, es que se debe llevar  equipaje ligero y de preferencia equipaje ninguno.

 

"Todos ellos, representantes últimos de una casta vieja de católicos fervorosos y de fe inquebrantable; estoicos, de recio carácter, trabajo incansable, y ética vertical.

Ojala nosotros pudiéramos dejar para atrás una fracción de su ejemplo.

Escrito a bordo del "DEEPWATER EXPEDITION" , barco de perforación petrolera en ruta de Brasil a Egipto."

 

Diciembre de 2006.

 

 

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