MOLIENDA
 

 

 

 

 Por: Gonzalo Castro Hidalgo (SJ)

 Hijo de: Gonzalo Castro Araujo y Amalia Hidalgo Bolaños

 

Es seguro que un “Hidalgo” del comienzo del siglo XXI “guarde” en sus recuerdos y vivencias que lo vuelva a la infancia. Tal vez la primera sea que a los ocho años, “sacó”, sin avisar el viejo automóvil de gasolina de su papá o el primer viaje en los “viejos aviones” hacia  “la aburrida Europa” o recuerde las teclas del computador para conectarse con el mundo “cibernético”, o el olor ropa nueva  de “marca”. Todo eso a finales de este siglo  también será historia. Será cosa de los “viejos”. 

            Pero para nosotros que “vivimos” la MOLIENDA en los años 40-50 del pasado siglo, cuando recordamos esas semanas de TRAPICHE, El “disco duro” actualiza tal como lo guardó en aquella época, cuando aún no había almacenado tanta “basura”, de modo que puede “descodificarr” la experiencia más no describirla: allá en un solo “archivo” metió el sonido, el olor, lo que gustó y vió, olió y sintió, …y cuando lo actualiza aparece todo como “molienda en trapiche de bueyes”.

¿Cómo se puede describir el  olor que dejan los sudorosos bueyes durante una semana caminando por el mismo círculo, en donde deben dejar los rastros de sus necesidades fisiológicas pisoteadas una y mil veces?. Aumentémosle el olor del sudor de más de 20 trabajadores sin dormir, ni bañarse, ni cambiarse de ropa durante 24 “botijas”, mientras el calor de los hornos, la fatiga y el calor del sol humedece hasta el alma.  El vapor del guarapo que se va convirtiendo en miel se mezcla con la fragancia del bagazo que comienza secándose al sol para luego convertirse en  claveles de fuego que hacen reborbotear la cachaza que irá a alimentar dormilones marranos o las incansables mulas que llegan hambrientas con la caña. Y el olor a guarapo caliente rechaza al hostigante dulce que por mil veces  se ha probado ya sea de la miel o del pedacito que deja la batea que llena los platillos que forma la “tapa de dulce”.  Y en un rincón del disco duro aun permanece fresca la experiencia de asar en el fuego que sale por un huequito que el feroz calor ha ido haciendo el fuego en el horno artesanal de barro, ensartado en un palito, el pedacito de carne que después de tanto rogar “mamita” ha ido a sacar de la olla en donde está guardada la carne salada .Y no se puede dejar de descodificar de ese disco duro el sonido de los “dientes” del trapiche que untado de jabón negro se lamentan a medida que la pesada yunta de bueyes los va haciendo girar mientras tritura la caña para exprimirle la última gota de guarapo, al grito del “arriero”  que por instinto psicológico  lanza  no tanto para azuzar a los bueyes sino para despertarse. Todo este archivo guardado en el disco duro es parte de la molienda.

Trapiche, para nosotros, es igual a la gran “batea” de dulce caliente que borbotea todavía hirviente, mientras nosotros impacientes nos vamos a pedirle a “mamita” un pedazo de queso y preparar un “látigo” para hacer el “batido”, pensando ya en el mercado del domingo en donde lo venderíamos por tres centavos, cuando según “mamita” valía cinco y  que después del “regaño” teníamos que volver a la plaza  de mercado a buscar al comprador para reclamar los dos centavos restantes. 

Nuestra memoria aun recuerda los cuentos de “las mil y una noche” o de “alibaba y los cuarenta ladrones” que el don Clodomiro Sánchez había repetido, cada vez con más emoción,  todas las noches de todas las moliendas, mientras nosotros escuchábamos emocionados, como si fuera la primera vez,  recostados en el “bagazo” que aún olía a sol, y que la luz de la luna ahuyentaba los “espantos” formados por la sombra del follaje de las guaduas y que según el decir de la gente, de donde salía el ”duende” , cuando ellas “se lamentaban” batidas por el viento. El calor del horno era nuestra cobija  y  la noche duraba un instante porque luego, al otro día, despertábamos, entrada la mañana,  en la cama de “jucos”, teniendo por colchón la estera de totora.

El día para los “moledores” duraba una semana de 24 “botijas”, para nosotros ha durado más de cincuenta años.  En unas pocas horas acumulamos esa realidad  en el trapiche y la molienda que repetíamos sobre el montón de ceniza, sacada de los hornos: los bueyes hechos del “pupo” de los plátanos, con patas de “juco” y con “pailas" de  greda, que producía “panelas” de barro, también envueltas en tiras de hojas del plátano que simulaban  el “látigo” de la misma planta. Molienda ( mejor, encenizada) que, también nos producía una “ganancia”: un “palazo” de “mamita” y un baño de “patas y manos” en la pila, que  después de las lágrimas se convertía en “baño de piscina” por el resto de la mañana o tarde y que para “calentarnos”, “mamita” nos tenía “reposado” el sancocho con tres pedazos de carne servido en el plato de palo rojo que un día tuvo “barniz pastuso” y por eso pertenecía a la “vajilla” durante la molienda.

 Y no faltó  el día, mejor la noche en la cual “papacito”  me inscribió en la “nómina” de los “moledores”. Todavía lo recuerdo: era como  la una de la mañana de un lunes de cualquier molienda. No había llegado un ” moledor” y cuando faltaba uno, todo se paraba: el trapiche también era una máquina. No tuvo más remedio que levantarme y darme el oficio de “arriero”, mientras él se iba al “Guavo” a donde su amigo Victoriano que,  como otras veces, lo sacara del problema prestándole un peón.. Era el único oficio que no ofrecía peligro. Consistía en ir detrás de los bueyes, “puyarlos” y darles “perrero” durante el tiempo que el brazo resista, además, por estar descansados, -era el comienzo de la jornada-, caminaban solos. Pero  ¡pobres bueyes!  El paso cadencioso se convirtió en trote, la “puya” en las primeras cinco vueltas perdió su eficacia, tanto que los “moledores”   cuando se dieron cuenta que la primera “botija” ya estaba a punto de rebosar pidieron el tradicional desayuno y aprovecharon para  despertarme y explicarme cómo debía hacer el oficio. Menos mal que a las seis de la mañana llegó el titular de la molienda y yo volví a mi faena que había sido interrumpida.

Por: Gonzalo Castro Hidalgo (SJ)


A todos y todas Hidalgos vaya, desde esta calurosa, Barranca una CALUROSA navidad. Dicen que es la ciudad más caliente (estamos a 100 metros de nivel del mar y sin brisa) Sin haber pensado, sin haber planeado estoy a tres o cuatro kilómetros de la “refinería”, fuente de nuestra economía nacional. Esa “Refinería” que hasta hace pocos años era “Padre y madre” de los Barranqueños: quien entraba allí tenía asegurado económicamente su futuro, y el de su familia, de por vida. Eso hizo que nadie se preocupara por montar otras fuentes de trabajo, de modo que hoy  hace que tengamos barrios como el de la tarjeta. Me imagino que si San José y María llegaran hoy a buscar una “posada” en Barranca, se dirigirían  a un sitio como el de la foto.  Dicen, que en esta comuna siete, después de ser bañada con sangre, lágrimas, desapariciones gritos, desesperación, …hay un ambiente “tranquilo” como cuando alguien  ve sobre una herida, antes sangrante, una “costra” pero no sabe si cuando el tiempo la haga caer, encuentre tejido fuerte, formado, sano, … o si nuevamente vuelve a abrir la herida: doler y sangrar,... Así, me parece la paz de aquí: el “dolor”, la “llaga”… no se ve:(hay tranquilidad) al ofensor se ha pedido que se “olvide” la ofensa causada más no ha pedido perdón a su ofendido: no hay mecanismos ni ánimo de hacerlo Y el ofendido tiene que estar “callado”, más no hay mecanismos para hacerlo.  Aquí es en donde debemos construir la PAZ  que Jesús niño viene anunciar: en donde el ofensor muestre arrepentimiento, haga gestos de reparación, pida perdón y el ofendido perdone  (que no es olvido) En donde los dos extiendan la mano para hacerlo; es decir que el amor y la verdad se encuentren y la justicia se besen como dice el salmo 85  ¡Que el Niño Dios nos de su paz!”

Un saludo navideño para  todos.  Gonzalo Castro Hidalgo, S.J.

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